MATERIALES PARA LA HISTORIA DEL PRESENTE: Reseña de La enseñanza de la Historia del Presente: entre el agujero negro y el relato intencional.

 

Este artículo escrito por Fernando Hernández Sánchez evidencia la necesidad imperante de cambiar la concepción didáctica de la Historia a partir de La República, ante la existencia de una realidad objetiva descrita por muchos académicos críticos de la educación como es el uso que se hace de las instituciones, en este caso la escuela, por parte de una élite selecta conservadora para seguir perpetuando unos mitos arraigados en el imaginario social que invisibilizan el papel social que tuvieron las víctimas en nuestro caso de la Guerra Civil, con el fin de seguir blanqueando instituciones y eventos en los que se engendró el orden social en el que y con el que estamos existiendo.

La escuela, en tanto a que es comprendida como una institución en la que los individuos se socializan desde la infancia y donde se comienzan a formar las representaciones sociales, ha constituido históricamente un mecanismo mediante el cual la élite española conservadora ha conseguido imponer un discurso social adecuado a su perspectiva de manera hegemónica. Se expone que este discurso, carente de fundamentación histórica, ha sido promovido y sigue siendo promovido por esta élite, cuyo posicionamiento sobre cuestiones como La República o la dictadura franquista demuestra que forma parte intrínseca de ese sector ideológico.

La educación española se muestra ineficaz a la hora de formar a ciudadanos críticos porque no está planteada para ello, sino para lo contrario, como bien evidencia el autor. Una de las muchas pruebas que se expone es el tratamiento que se hace de la Historia del Presente en la legislación sobre la que se sustenta la escolaridad, la cual demuestra el interés que existe en perpetuar ciertas ideas que existen en el imaginario colectivo. En el artículo se describe como ejemplo de este hecho que dos de las leyes educativas españolas, obvian el término dictadura a la hora de referirse a los 40 años que Franco estuvo en el poder desde que ejecutó el golpe de Estado.

En nuestro sistema educativo se han introducido pocos cambios en cuanto a la didáctica de esta Historia reciente sobre la cual se sustenta nuestro contexto actual. Lo que sí que se ha conseguido es introducir una visión más economicista de ella, relegando su estudio a 4º de la ESO, curso en el que hay una gran parte de alumnado abandona la escolaridad (sobre todo en entornos socioeconómicamente más desfavorecidos) insertándose en una realidad en la que sin ese conocimiento sobre el sistema no podrá ejercer su papel activo como ciudadanos.

Es en la etapa postobligatoria, a la cual llega el alumnado con un poder adquisitivo mayor, donde el currículum plantea, de manera ineficaz, la posibilidad de tratar en profundidad esta parte de la Historia, eximiendo al alumnado de ciencias de cursarla de manera obligatoria en el primer curso y dedicándole una asignatura entera en el segundo, cuyos contenidos abarcan una horquilla de tiempo tan amplia, que se vuelve, una vez más a condenar a un estudio superficial y acrítico a La República, La Guerra Civil y la Dictadura Franquista. Contenido que, en muchos casos, como recoge el estudio realizado en este artículo, no se trata y que en los casos en los que sí, se hace de manera superficial, bajo el pretexto de evitar polémica, lo cual conduce únicamente a la perpetuación de los prejuicios a los que el alumnado ha sido expuesto y sobre los cuales construirán unos argumentos carentes de evidencia científica.

Se ha establecido un “deber de olvido” sobre la Guerra Civil y sus consecuencias desde la transición para garantizar el establecimiento de un régimen liberal democrático sin encontrar oposición por parte de los distintos estratos sociales, bajo el estandarte de la reconciliación, transmitiendo una versión de la historia reciente ahistorizada marcada por una serie de rasgos que conviven en la memoria española socialmente: la calificación de la Guerra Civil como locura colectiva y guerra fratricida, el reparto equitativo de responsabilidades por el estallido de conflicto y por la represión entre el gobierno republicano legítimo y la facción golpista fascista y el asentamiento de un canon cronológico que instaura La República y La Guerra Civil como una unión indivisible.

El artículo versa también sobre los libros de texto, en tanto que ocupan un papel central en la pedagogía de nuestro sistema educativo. El libro constituye, como numerosos autores críticos de la educación han señalado, Gimeno, por ejemplo, un instrumento de imposición de un estándar cultural elegido por unas élites con el fin de mantener el orden social en el que, y con el que estamos inmersos, en este caso, a cargo de las editoriales. Estas establecen una “censura invisible” para apelar a distintos nichos de mercado, donde la inclusión de algunos temas no tendría buena acogida, y, por tanto, no podrían vender esos ejemplares. Priorizando la venta por encima de todo, llegan incluso a mantener hechos que historiográficamente han sido desmentidos o a equiparar la violencia y represión entre ambos ejércitos en la Guerra Civil, entre otros muchos hechos donde, si uno tiene un ojo crítico, vería el posicionamiento claro que constituyen, aliándose con la derecha española.

Otro mecanismo que emplean las editoriales mediante el cual legitiman el discurso que la élite conservadora mantiene para cada época de nuestra historia es la repetición de los mismos recursos gráficos que apoyan el relato institucional, además de la invisibilización constante de episodios como los campos de concentración en los que se encontraban los republicanos mediante la omisión de fotografías que lo ilustren.

Este sistema surte el efecto deseado por el sistema liberal y neoconservador, que mediante la implantación de su proyecto de ingeniería social en las escuelas, consigue su objetivo de formar individuos útiles al sistema, ciudadanos acríticos que se acomoden a la visión y posición que les ha sido otorgada. En el estudio que reflejan se ve como en el imaginario colectivo de los estudiantes de la ESO han permeado ideas tales como la atribución del papel de mediador absoluto y necesario a la monarquía española para la consecución del tránsito a la democracia sin violencia y la asignación de un papel mayor a las previsiones franquistas en torno a la sucesión del régimen que a la oposición política de la época.

En definitiva, este artículo evidencia la forma en la que la escuela sigue constituyendo una institución fundamental para el mantenimiento del orden social, para en un primer momento satisfacer la necesidad social y política que existía para asegurar el establecimiento de este mismo y en la actualidad para satisfacer las necesidades del mercado. La Historia del Presente sigue sin adecuarse al canon historiográfico actual, contemplada para seguir contribuyendo al mantenimiento del mito de la transición a la democracia española como conquista de libertades, mito que, sin embargo, las encuestas muestran que se está erosionando en la población joven, que está empezando a cuestionar las instituciones que se generaron a raíz de ella.

De modo que, como futuros docentes, deberíamos reflexionar sobre el trasfondo de nuestras acciones y de los contenidos que el currículum, en este caso de secundaria, ofrecemos en nuestras clases, en tanto que la revelación de la realidad de nuestro pasado reciente otorgaría a nuestro alumnado la posibilidad de ejercer su capacidad crítica y, en última instancia, ejercer su labor como ciudadanos plenamente activos y conscientes del orden en el que y con el que se socializan. Considero que, sin esta labor fundamental, el sistema logra introducirles en un contexto y en una estructura que no entienden, colocándoles en una posición ideal para explotarlos laboralmente.

Para lograr nuestro objetivo de educar ciudadanos críticos, el autor propone una reforma curricular que otorgue a la Historia del Presente, desde 1914 hasta la actualidad, un papel protagonista en forma de curso propio, que se situaría en cuarto de la ESO. Sin embargo, para que fuera realmente efectiva, sería necesario plantear un debate en torno al lugar que ocupa el libro de texto como elemento central del proceso educativo, apostando por la búsqueda de multiplicidad de fuentes que pueden encontrarse en la red y analizando las experiencias de aprendizaje que llevan a cabo en otros países. Cuestión que, en mi opinión, debería fomentarse ya desde la formación universitaria, espacio en el que han entrado las empresas con el fin de transformarlo en una fábrica de trabajadores y donde el trabajo de la capacidad crítica y la conservación del conocimiento está en vías de extinción.

 

 

 

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